
Ya es más de la media noche y esta noche hace frio. Al salir al balcón me recibe una ráfaga de viento. La ciudad ruge. Recibo una bocanada de smog fresco y como si fuera poco me enciendo un cigarro. Una resequedad se forma en mi garganta a la vez que exhalo.
Adentro yace dormida una mujer, envuelta en sabanas blancas. Duerme de lado y enseña una de sus piernas. Y esos hermosos pies. Una abundante cabellera castaña y ondulada se posa sobre sus hombros y espalda. Su cuerpo desnudo se encoje al sentir el viento que entra por las rendijas de la puerta. Cambia de posición, guarda la pierna, pero en cambio muestra su rostro a la pálida luz que se cuela por la ventana. Sus labios están entreabiertos, como esperando un beso.
Fue toda una casualidad. Me encontraba de pie frente al escaparate de una librería ojeando los títulos y sobretodo matando un poco de tiempo esperando un amigo. Libros de cocina, arte monumental egipcio, el Quijote y el Kamasutra. Vi su reflejo reflejado por la vitrina distrayendo mi atención para voltear y capturar su mirada infraganti. Sin titubear me sonrió, pero no se detuvo, ni aminoro el paso. El capturado fui yo.
Me tomo un par de segundos reaccionar y sin saber porque, la seguí. Atravezamos la parte vieja de la ciudad de Zúrich, cerca de la Grössmunster. Es fin de semana, todos aquí quieren algo de acción y ya hay algunos borrachos. A la altura de Scheitergasse la gente camina entre locales y por un rato parecen hablar una lengua que ya no entiendo o que no me interesa comprender. Noto que otros hombres la observan.
No es particularmente especial pero solo una diosa pisa el suelo con elegante humildad. El contoneo de sus caderas y la seguridad que da a cada paso hacen parecer que el mundo le pertenece. A veces se detiene a preguntar algo pero parece no encontrar respuesta. Los consultados enmudecen. Ella lo sabe, sonríe y los deja.
Por Oberdorfstrasse, finalmente entra en un bar. La sigo de cerca y me detengo un par de segundos antes de entrar para verla a través del cristal de la puerta. Camina directo a la barra. Mientras pide una cerveza me siento junto a ella. Tomo su mano y la pongo sobre mis genitales al momento que susurro en su oído “mira como me tienes”. Reaccione ante mi impulso y espere cachetada pero en su lugar me devolvió una sonrisa y me dijo “Salgamos de aquí”.
Cinco minutos más tarde nos encontrábamos sobre la Rämistrasse tomando un taxi de vuelta a mi apartamento en Goldbrunen platz. Atravesamos Limatt envueltos en luces pasajeras reflejando tintineantes en el lago y besos, bajo los ojos espías del conductor. A la altura de Burkiplatz mis manos ya habían encontrado camino bajo sus bragas. El conductor se pone nervioso pero no dice nada. Ella lo nota y me dice que soy exhibicionista, susurra su risa y luego me besa el labio inferior.
Cuando finalmente llegamos le pregunto al conductor cuanto le debo pero sonríe a manera de cómplice y me dice no te preocupes te lo mereces. No me da tiempo a darle las gracias, ella me toma de la mano y me atrae hacia su cintura. Ya no tengo frio y el invierno parece haberse esfumado y con él, el recuerdo de cómo llegamos hasta la habitación.
Me acosté con su sonrisa y su mirada picara. La textura de sus caderas, el sabor de sus pezones. Adore su olor y lamer la esencia de este. El sonido de su voz mientras dice Oh Gott me hizo sentir justamente eso, que Dios existe y que somos los dos. Y luego sus besos. Sus suaves besos en mi labio inferior abrazando el cielo porque los ángeles existen en ese momento y en el instante en que aprieta mis manos sobre sus nalgas pidiéndome más. Ella es fuego y yo soy agua que se evapora. Un sonido que se pierde en un hilo en la perfección de la nada. Una nada que se convierte en un todo. Todo, absolutamente todo.
La chica duerme plácidamente. El vaho que sale de mi boca ha empañado el vidrio de la ventana. Desde aquí, luces rojas y amarillas a un ritmo intermitente. Ignoro la señal. Es demasiado tarde.
Ella se llama Laura y yo, soy un esclavo.






