lunes, 13 de mayo de 2013

La Casa Bizarra

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      Me recuerdo que después de la segunda vez que probé un acido, se me ocurrió la idea de que si todo el mundo tomara uno, este mundo sería diferente. Lo curioso fue darme cuenta  que el concepto no era nada novedoso, me empapé del tema. Therence Mckenna, Timothy Leary, Aldous Huxley, abrían por primera vez las puertas a otras posibilidades, realidades sensoriales. Sentir que sentía por primera vez, o talvez virginalmente sentir otra cosa fuera de la ira, del rencor, del resentimiento a una sociedad de dobles morales y sus profundos abismos sociales, la república banalnegra de la United Fruit Continent.  Estaba perdido o más bien había perdido la esperanza y sentía que ya no tenia nada más que perder y si bien esta no es una apología a las drogas, debo reconocer que son parte importante de esta historia.

La primera vez fue una terrible experiencia en el infierno de sensaciones abstractas. Sobreviví y desperté como si hubiera atravesado un laberinto en cuyo trayecto se fueron disolviendo todas las cosas que yo daba por sentadas.  La segunda vez la travesía se vio marcada por una increíble y grata coincidencia: reencontrar al primer amigo que tuve en la vida justo cuando empezaban los efectos. Brotaron lagrimas, sonrisas, abrazos, el resto de la noche se convirtió en una revolución de amor, el mundo estaba celebrando la vida.  Nos juntamos muchas personas a celebrar alrededor de una fogata frente al lago de los tres volcanes, dando la bienvenida  a todos. Las guitarras y las voces fluyeron, se sembraron semillas de nuevas amistades  y por unas horas vimos el mundo estallar de jubilo porque el universo estaba vivo y vibrante. El verdadero viaje estaba por comenzar.

Poco tiempo después dejé la universidad y de manera quijotesca me embarqué en el mundo de la música. Conocí a otros desadaptados y me dí cuenta de que no estaba solo,  era toda una generación de jóvenes que atestiguaba el final de la guerra. Vimos injusticias, algunos fuimos injustos con otros  y nos vimos todos como en un espejo. Parecía que por primera vez no importaban las ideologías, las clases sociales o la manera de vestir aunque todos nos vestíamos mas o menos igual. Fue la era del grunge y aquí era como licuar a un punk y un hippie en una sustancia sicodélica.  De pronto un lago y un café eran pequeños oasis en donde por un rato uno podía ser uno mismo con los demás. 

Queríamos ver el mundo, dejamos la seguridad de la casa de los padres y nos mudamos a Atitlán. Vivimos de tocar por sombrero, por comida, por cervezas, pasamos hambre  y alguna vez robamos una mazorca o compartimos un quetzal de pan entre cuatro, pero lo mas importante, éramos felices, o más bien empezábamos a conocer la felicidad y esta nos recibía con los brazos abiertos. Ni siquiera pretendíamos querer ser artistas, solo queríamos cantar, pintar y escribir los múltiples universos que empezábamos a explorar. Conocimos gente de todo tipo, el mundo llegaba a nosotros y nosotros viajábamos a dedo.  

Nos autoexiliamos y en esos días, un  amigo llego de visita a nuestro jardín de los niños perdidos en Atitlán. Fascinado nos propuso hacer lo mismo pero en la ciudad y de manera conciente, buscar un espacio para las expresiones jóvenes, un colectivo.  Así se buscaron inquilinos para alquilar esa casona en el centro que alguna ves había sido sede de un pequeño colegio. Eran ocho cuartos, y por supuesto, la mayoría de nosotros no sabia que estábamos haciendo y talvez de algunos, habría solo un par  capaz de generar el dinero de manera estable para la renta.

Ahí discutimos, intercambiamos filosofías, organizamos fiestas y otras se organizaron solas. La música, la pintura y la poesía fluyeron tanto como las sustancias prohibidas y el alcohol.  Era nuestra manera de terapia social, nos contamos nuestras historias, las confesiones, reímos, lloramos, medimos los zapatos ajenos y nos dimos un abrazo. Toda una generación de artistas paso por ahí. Algunos huían escandalizados, otros encontraron un espacio para compartir, para romper paradigmas, otros talvez solo llegaron por las drogas, pero nadie salió igual de esta experiencia, quizás para muchos de nosotros una de tipo espiritual. Tuvimos la revelación de que las cosas nunca volverían a ser las mismas y que además haríamos  todo lo que estaba en nuestras manos para que así fuese.

Éramos los hijos de los militares, los huérfanos de la guerrilla, los vástagos de una clase media que surgía entre fuego cruzado, los niños de la calle y los frutos de la decadencia colonial en desencanto. Hastiados de la hipocresía de la autoridad y de ver correr sangre, solo teníamos en común ser humanos y nacer en la misma época, en el mismo país; unas enormes ganas de romper las reglas, soñar y amar. Descubrimos la paz a la par de la tolerancia, la ternura y el arte. Le apostamos a la revolución mental.